Cuentos 



La guerra de los cien días 

Y de repente se fue la luz. La ciudad entera se sumió en la oscuridad. Fue un apagón que se prolongó un día, dos días, cien días y, al cabo del centésimo primer día, vino la luz, semejante a una fuente milagrosa que secarse había parecido, desde el primer día. De esa historia que la gente se apresuró a olvidar o hicieron que la gente se olvidara de ella hasta tal punto de que uno se pudiera preguntar si, de veras, existió, solo le contaré mi propia versión. La otra, es de conocimiento de todos: es la de la televisión, de los medios, de los servicios de prensa y relaciones públicas. Aunque lo que he de decir rebasa, de lejos, las más extravagantes de ellas, y al parecer, cualquier entendimiento, tampoco les hablaré de los numerosos rumores que hasta ese día circularon.

Todo empezó el décimo sexto día. Ese jueves, estábamos en el patio de la casa con nuestra hija Rubís que daba sus primeros pasos. Era uno de esos atardeceres tranquilos y ventosos, como tanto me gustaban, aunque Liliana, mirándome amorosamente, no lograba disimular su ansiedad. El Apagón, tal como la gente pasó a llamarlo por el sinnúmero de problemas ocasionados y que, al inicio, fue un caos indescriptible, trajo al menos como consecuencia que la gente empezó a comunicar más que de costumbre. Además había que reconocer que no habían tardado tanto en reaccionar las autoridades. Se había colocado imponentes generadores eléctricos en lugares estratégicos al tiempo que se hallaba el origen del apagón. Mientras tanto decenas de técnicos junto con expertos fueron despachados a Macoya, única planta eléctrica existente. Para hacer frente a la penuria, al contrabando y a los riesgos de pillaje, se repartieron en cada barrio miles de lámparas de gas, petróleo, velas y otros utensilios made in China.

A mí me llamaron desde el primer día, con los colegas del GI3 para controlar el funcionamiento del tendido eléctrico de los barrios orientales. Al pasar los días, se hizo evidente que ya no se trataba más de una misión rutinaria. Estábamos en la brecha las veinticuatro horas del día y se había movilizado al conjunto de los equipos. Sin embargo, la rotación de las cuadrillas no daba abasto. Se acentuaban el cansancio y la irritación y más teniendo en cuenta que no se había detectado ninguna anomalía salvo algunas naderías sin la mínima importancia. Finalmente, después de pasar quince días controlando la totalidad del tendido eléctrico hasta las afueras de Puisambourg, nos otorgaron un día de reposo.

Desde el inicio del apagón, se había quedado Liliana en casa para ocuparse de la niña. La empresa en la que trabajaba ella había cerrado hasta nueva orden y habían decidido enviar al conjunto de la plantilla al paro forzoso con excepción de las brigadas de vigilancia. Asimismo, se habían posicionado en todas las zonas de actividad económica las fuerzas del orden público y equipos especiales de refuerzo patrullaban por el centro de la ciudad día y noche.

Lo que fue vivido al inicio como un interminable domingo duró poco tiempo. A la curiosidad de los primeros días sucedió una inquietud teñida de impaciencia. Luego la impaciencia dio lugar a un creciente descontento que incluso amenazaba con apoderarse de los más resignados. De vez en cuando, se observaba movimientos de protesta que a veces se cambiaban en manifestaciones de hostilidad contra la CEGEM e incluso contra las autoridades. Varias veces, unos comerciantes desquiciados la emprendieron contra nuestro equipo y es cierto que el abastecimiento de las ciudades se había hecho un problema crucial hasta tal punto de que el décimo tercer día, se decretó un plan general de racionamiento. Contra todo pronóstico, el plan funcionó bastante bien, en particular en los barrios populares, gracias a las asociaciones de solidaridad que se encargaron de la distribución directa de los víveres provenientes de la provincia e incluso, en algunos casos, del transporte de ellos.

Aquel jueves, me había despertado a las cuatro de la tarde. Había dormido casi todo el día. Estábamos sentados en el suelo de la terraza, mirando a Rubís. Para mí era algo extraño que me costaba explicar, como si hubiera dejado a mi familia después de varios meses. Rubís estaba allí trotando, dando pasitos vacilantes, riéndose a carcajadas, coqueta y tan orgullosa. Parecía decirme: "mira, mira, papá, ahora sí puedo. Mira, mira, incluso correr puedo". En aquella época, formábamos una pareja inseparable, cómplice y solidaria. El nacimiento de Rubís había concretado un amor que teníamos por ejemplar a la medida o descomedimiento de nuestro insaciable deseo. Ese día, nos visitaron Michelle y Tobías que sin lugar a dudas habían visto la camioneta aparcada en la acera y, muy pronto, tuve que hacer frente a un montón de preguntas a las que contesté disimulando cansancio, hastío y perplejidad mientras estaban ellos a la espera de respuestas claras y tranquilizadoras. A decir verdad, soñaba yo con estar tendido al lado de Liliana, con esos momentos sombreados al abrigo de una insolente claridad en la que se entrelazaran nuestras evanescentes siluetas. Fantaseaba con compartir el silencio de nuestros desnudos cuerpos saciados en la penumbra. La mirada ausente y distraída de Liliana, su voz extinguida y monocorde me indujeron a pensar que ella también hubiera deseado que estuviéramos solos. Pero solo fue después de la salida de los vecinos, a eso de las cinco de la tarde, cuando me confesó en tono tristemente tierno: "te llamaron. No me atreví a despertarte. Tienes que presenciarte en Macoya a las ocho".

El décimo sexto día, se acababa de activar el plan rojo a raíz de la desaparición inexplicada de dos colegas de la quinta brigada en las afueras de Sinawapu. Arrancó el convoy al amanecer, dejando atrás Macoya y sus inmediaciones en una rojiza cortina polvorienta. Todos los miembros del GI3 sin falta estaban allí, así como la cuarta brigada. Dos colegas del GI5 nos acompañaban. Se habían ofrecido como voluntarios para volver al lugar de la desaparición de M'Goma y Riquez.

Estábamos viajando a la cabeza del convoy a bordo de un camión prestado por el ejército, justo después del jeep de la policía militar que nos abría el camino. Nos hacíamos preguntas sobre la utilidad de una escolta militar para recuperar a dos compañeros que, a lo mejor, se habían ido a libar la esencia de flores-selva a no ser que, sencillamente, se hubieran extraviado. Desnortarse incluso le podía ocurrir a un cazador sin igual del temple de M' Goma que acostumbraba acorralar durante horas y horas jabalíes salvajes y tapires en la inextricable espesura de la selva. En el peor de los casos, podía ser que uno de ellos resultara inmovilizado por la picadura de un crótalo.

Estábamos convencidos de que no se trataba de una misión ordinaria. Quince días después del apagón, ni teníamos aún el inicio de una explicación racional y cada quien proponía su propia interpretación, de la más cartesiana a las más descabellada hasta la más mística. Y las declaraciones de los dos ingenieros no estaban para aclarar nuestras dudas. En cuanto a Martin, obedecía a las órdenes y una de ellas era de guardar silencio. Además, no se podía reprochar a las autoridades su laxismo o su inercia aunque la activación del plan rojo tenía algo de desproporcionado.

El jefe de la misión era oficial de ingeniería, el teniente coronel Martin, que ostentaba la insignia de los paracaidistas y una decena de condecoraciones que le hinchaba el torso. "Señores, esta misión es una misión de seguridad pública. Ustedes conocen como yo las condiciones de trabajo en la selva. Les pediré pues disciplina y abnegación. Nuestro objetivo número uno consiste en recuperar sano y salvo a Riquez y M'Goma. El segundo se lo van a explicar los ingenieros que están conmigo. Mientras más temprano terminemos esa misión, más pronto estaremos en casa." Las declaraciones lacónicas de Martin retumbaron tal como un taconazo de botas hasta tal punto de que el primero de los ingenieros en tomar la palabra, un joven longilíneo que se estaba quedando calvo, empezó por enjugarse la frente balbuceando unas cuantas palabras entrecortadas por varios tartamudeos. Una vez terminada su alocución que se acabó con un emotivo homenaje a San Simón, su colega habló a su vez de la grandeza de nuestra misión, del verdadero combate contra la oscuridad, la misión civilizadora, romper el aislamiento, unir a los hombres, establecer la conexión, la gran cadena humana, planetaria y luminosa, volver a dar la vida a ... Total, nos esperaba treparnos a cada palo y poste eléctrico a lo largo de un interminable recorrido, verificando el estado de cada cable en un centenar de kilómetros hasta el pueblo más apartado: Amara Wali.

Tras largas horas de pista por la sabana, tuvimos que aguantar interminables y violentas tormentas que anunciaban la frontera. Torrentes de lluvia caían sin cesar encima de la cubierta de lona que se empapaba por todas partes. Estábamos remojados hasta los huesos. Ni se distinguían los faros del camión que iba detrás de nosotros, ni el ruido de los motores. Habíamos amarrado cuanto se podía mediante correas y cada quien se agarraba del asiento de madera por temor a verse eyectado e inmediatamente aplastado por las gigantescas ruedas del camión-grúa. Por momento, teníamos la impresión de que las lluvias torrenciales nos arrastraban como si estuviéramos luchando contra una fuerza invisible que se valiera de vientos y corrientes telúricos para atraernos irremediablemente hacia ella. Todo parecía oscuro y ensordecedor tal como un torbellino diluviano. Todo pasó tan rápido. Las aguas lodosas empezaron a sumergir la tierra, enormes troncos flotantes y reses amedrentadas daban con violencia contra la carrocería del camión. Y de pronto, en un prodigioso vuelco, mientras estábamos los unos encima de los otros, empujados y oprimidos contra la cabina, el camión se fue a pique volcándose en un estruendo de chapa destrozada yéndose a la deriva por la furia de las aguas.


Aquella noche, el mar que bañaba la ruta de las playas, era una balsa de aceite. Los últimos barcos pesqueros regresaban al puerto. Costeaban el litoral escarpado y salvaje dejando en sus estelas líneas ondulantes que ceñían el horizonte. Florida vivía en otro mundo, lejos de la hediondez del canal y de la estrechez de las calles de Margarita. Edificada alrededor de los vestigios de la ciudadela que había servido, hacía siglos, a proteger la ciudad de las incursiones de Drake y Hawkins, se había convertido Florida, con el pasar de los años, en un lugar selecto y sibarítico ocupado por altos funcionarios y empresarios que encontraban en ese sitio un remanso de paz en el que seguía perpetuándose el cumplimiento de las más anticuadas reglas de urbanidad. Los domésticos de color eran el único lazo vivo de un lejano pasado donde se frecuentaban mestizos, negros e inmigrantes blancos de extracción popular. A ellos les debía Florida esos efluvios caprichosos y exóticos. Cada rincón de ese encantador islote exhalaba un indecible aroma que recorría las ruinas de la ciudadela hasta el malecón. En las afueras de Margarita, se consideraba ese no sé qué como una maldita planta cuyo perfume había sembrado la desgracia en Florida atrayendo las clases privilegiadas y expulsando al pueblo de su tierra. Las tapias de monte bajo, los muros de piedra rematados con trozos de vidrio, las alarmas puestas en las verjas de seguridad en forma de rastrillo, los monumentales portones flanqueados de columnas en las que estaban incrustados reflectores y telefonillos además de las patrullas de guardias y de los perros guardianes al acecho del más mínimo ruido sospechoso; tales eran los límites que no se debían rebasar para quien se atreviera a perturbar la quietud y armonía de Florida.

Vestido del uniforme de la CEGEM, logré alcanzar sin mayores dificultades la mansión El poniente, siguiendo al pie de la letra las indicaciones trazadas en el mapa. La vertiente oeste de Florida estaba habitada en su mayor parte por familias de oficiales. Las mansiones, sin ostentar lujo aparente, estaban cerca las unas de las otras, con un gran jardín quizás encespedado por el mismo jardinero y ubicadas según una perspectiva perfecta: cinco hileras de casas funcionales, levemente elevadas a las que se había añadido un pasillo exterior en el que se encontraban abuelitas casi idénticas. El Poniente estaba situado en la esquina de la segunda calle, frente a una pulpería cuyo nombre era un tanto enigmático: "La cortina de menta". Como cada día, al soplar el frescor del anochecer, los niños se divertían en los patios y los tres nenes que jugaban al escondite no podían imaginarse que nunca más volverían a ver a su padre. La señora Martin estaba sentada en una abuelita y su mirada parecía perderse en dirección al portal, como si el anuncio de la desaparición de su marido no fuese más que un mal sueño. Ella esperaba que se abriera el portón a medias, que pasara el correr del coche azul metálico por la alameda del patio. Lo miraría dejando en la grava su maleta negra y estrechando a sus hijos entre sus brazos. Le serviría un whisky soda y lo escucharía largamente acariciándole el brazo en el canapé de mimbre.

Contrariamente a mis temores, la señora Martin aceptó atenderme espontáneamente sin que necesitara enseñarle el plano trazado de la mano de su marido. No sabía por dónde empezar, ¿Cómo decirle la verdad? ¿Estaría dispuesta ella a creerme? ¿Aceptaría escucharme, volver sobre un pasado tan reciente y doloroso? Era una mujer de aspecto muy dulce, de piel muy blanca cubierta de pecas y de cabello rubio castaño claro. En la cómoda del salón, estaban tres fotos enmarcadas de su marido: la primera lo representaba de joven oficial vestido de uniforme de parada y en medio, una foto de recién casados y a la derecha, al lado de una escultura africana, la familia reunida en torno al árbol de Navidad. En ese decorado a la vez sobrio y sencillo en el que predominaban el verde y el amarillo, cada cosa parecía estar en su sitio. Acepté con mucho gusto una copa de ron con zumo de naranja a sabiendas de que contribuyera, además del cansancio, a anunciarle la espantosa noticia. Señora Martin -volví a repetir para que saliera de su torpeza -lo que acabo de revelarle, lo vi con mis propios ojos. Por muy increíble que pareciera, usted tiene que creerme, señora Martin, la persona que está sentada delante de usted y que le está hablando, es el único sobreviviente del Sinawapu. Deposité la brújula junto a la escultura africana. Ella se quedó inmóvil, petrificada. No sabía yo si me oía, si había cesado de escucharme o si me tomaba por un iluminado sin atreverse ella a interrumpirme por miedo a que surgiera ante sus ojos un demonio selvático con cabeza de serpiente. Luego, en un arranque de locura, se puso a patalear chillando, arrancándose el pelo y rompió en continuos sollozos.


A lo lejos, se distinguían intermitentes gritos quejumbrosos y dolorosos, gemidos cubiertos de poderosos aleteos de zancudas que sobrevolaban continuamente el claro pantanoso. A Enrique, a Teófilo y a mí, nos costó salir del coche y lo logramos agarrándonos de las raíces de los manglares, reptando hasta el lindero de la selva por las tierras cenagosas y viscosas que hormigueaban. Juntando las pocas fuerzas que nos quedaban, conseguimos sacar a dos colegas del GI4, heridos y prisioneros en la cabina del camión grúa. Estaban de lado, el cuerpo inclinado. José, el chofer, se había muerto de golpe, desnucado. El manglar presentaba una visión cataclísmica. Los vehículos del convoy parecían cúmulos de chatarra flotante colgados de troncos de árboles yernos y calcinados. Los dos gigantescos cilindros de cables eléctricos resultaban clavados en el cieno en medio de decenas de cajas, bidones, cascos amarillos fluorescentes y cantidades de cosas emergidas que la tierra y los animales del pantano todavía no habían logrado tragarse. Habíamos identificado tres de los cinco cadáveres y de ellos, los dos de los ingenieros. En cuanto a los demás miembros de la misión, entre ellos, el coronel Martin, o bien habían logrado arreglárselas o bien se habían muerto. Juntamos las cajas de víveres que logramos recuperar y decidimos alejarnos de los pantanos, de sus aguas estancadas e infectadas y nos internamos en la selva. Tras pasar una pavorosa noche intentando dormitar en el suelo empapado y mohoso lleno de sedientos zancudos, decidimos quedarnos juntos siguiendo las huellas de Riquez y M'Goma. Bastaba con rodear el pantano pasando por la selva y volver a encontrar la pista que nos llevaría a Amara Wali, siguiendo los cables eléctricos. De allí, del quinto puesto, el último antes de alcanzar la frontera, se podía mandar un SOS. En el peor de los casos, aún sería posible mandar a una persona del pueblo. En una piragua, lograría ella alcanzar Pudifa en menos de una semana.

El vigésimo quinto día, tras nueve días de caminata, la moral por el suelo a causa del cansancio, de la falta de agua potable y de las vociferaciones de Enrique que acababa de señalarnos al agitar un bidón vacío que habíamos vuelto al punto de partida, vislumbramos humo que se iba elevando por encima de unos mahotes negros, esos inmensos árboles con los que se fabrican cepillos, sillas y escobas. Envuelto en un trozo de lona, un hombre estaba recostado, inmóvil, al lado del fuego, con la pierna derecha sujeta a una tablilla rudimentaria que descansaba en un leño. Era el teniente coronel Martin. Su cara señalada con un tajo y cubierta de equimosis lo hacía irreconocible. Tenía los labios desmesuradamente hinchados y las pupilas dilatadas. Temblaba y se retorcía. Le dimos los últimos centilitros de agua que todavía nos quedaba mientras Enrique y Blaise examinaban su pierna. Bob, Teófilo y yo nos encargamos de recoger leña para alimentar el fuego que era la última posibilidad que nos quedaba para no morir. Su pantorrilla derecha presentaba una llaga abierta infectada del tobillo a la corva. Decenas de gusanillos blancuzcos del tamaño de una falange se habían incrustado entre los nervios, la arteria, los músculos y la tibia. Además, unos jirones de tela que se suponía había desgarrado Martin en lugar de compresas, estaban pegados a la carne viva provocando derrames purulentos y amarillos. El único en poseer algunas nociones sanitarias básicas era Blaise por pasar su infancia en la finca familiar. Los fines de semana, solía ayudar a su padre al parir una vaca o cuando un caballo estaba en mal estado. Por consiguiente, le encargamos de extirpar los gusanos y cauterizar la llaga por medio del único machete que teníamos. Al amanecer del trigésimo octavo día, mientras la fiebre se había vuelto intermitente y pensando que se había quedado a salvo, falleció el coronel Martin sin recobrar el conocimiento. Lo enterramos donde lo encontramos y nos fuimos el mismo día guiados por su brújula, el único objeto que llevaba con excepción de una libreta de espiral en la que había trazado el camino de regreso.

En Puisambourg, agarré el último bus. Nada había cambiado: las puertas del club de billar estaban abiertas de par en par, las palas de gigantescos ventiladores fijados en el techo remo-vían humo, vapores de alcohol, ritmos de raga, sudor y conversaciones tumultuosas. En las aceras, las sillas habían vuelto a aparecer y los habitantes del pueblo volvían a ver la televisión desde la ventana sacando provecho de la brisa nocturna, dulce encanto que compartían los jugadores de domino sentados en mesas, en la esquina de la calle principal. Los chavales habían vuelto a invadir su terreno de juego favorito, la plaza mayor del pueblo, y no había más que Agatha, la encargada de la Casa verde - que paradójicamente era el único edificio en poseer un letrero luminoso - para lamentarse del tiempo de la oscuridad que le había permitido quintuplicar su cifra de negocios. Nos acercábamos al último tramo sin luz de la carretera antes de llegar a Margarita. La mayor parte de los pasajeros del bus dormitaban en espera de volver a casa tras un día pasado en las propiedades agrícolas. Yo también volvía a casa pero solo. Pensaba en los demás, en aquellos cuyos cadáveres hinchados y amputados flotaban en los manglares, en aquellas noches agobiantes pasadas con el miedo en el cuerpo y el vientre vacío; volví a ver al coronel Martin, en el cobertizo de Macoya, orgulloso, erguido, seguro de sí mismo, parecido a un misil que da al blanco y, de repente, la duda, la caída, Martin abatido en pleno vuelo, que se estrellaba en el humus y se petrificaba; pensaba en la muerte de Teófilo, en la desaparición de Enrique, Bob y Blaise, los últimos fantasmas en habitar mis noches de pesadilla; tendría yo que ser fuerte, valiente, contener lágrimas y sollozos; hablar, hablar con los demás, a sus hijos, a sus esposas, a sus parientes, a mi esposa, a mis hijos, necesitaría decirles que vuelvo del infierno, solo, que los demás se quedaron allá, festín anónimo de las hormigas rojas, de los caimanes negros y de torrentes de serpientes suicidas; tendría yo que decirme te creo, te creemos, estamos contigo, venceremos, lo conseguiremos, que lo crean de veras, que estén convencidos de ello sino ....y si todo no fuese más que ilusión y compasión y que me miraran como se mira a un loco, a un iluminado, a un bobo, tendría que hablarme a mí mismo y de tanto hablar conmigo, me volvería silencioso, como un péndulo de eterno movimiento, preso de su propio tiempo, de su propio espacio. Mientras más nos acercábamos a Margarita, más me sentía petrificado y sin embargo, yo sabía que mi única salvación vendría de la posibilidad de conciliar el antes y el después de un futuro que me condenaba a vivir.

Gracias a la brújula del coronel Martin, encontramos de nuevo la pista y por consiguiente, mejor humor para seguir la búsqueda. Estábamos seguros de que al dirigirnos hacia Amara Wali, encontraríamos en poco tiempo una presencia humana. No tardó en manifestarse la primera señal cuando vislumbramos al pie de un poste eléctrico, un zapato de crampón, alto y largo, idéntico a los que llevábamos puestos. Blaise puso el bidón de agua en el suelo y se acercó al zapato para examinarlo. Apenas tenerlo en la mano, lo tiró al suelo con repulsión. ¡Qué chanchada! ¡Está lleno de gusanos y hormigas rojas! Agarró un leño y se puso a golpearlo violentamente. ¡Párala! ¡Hombre! -exclamó Enrique. ¿Qué piensas? ¿Qué te va a dar una patada? ¿Te has vuelto pirado o qué? A su vez, se acercó Enrique, se arrodilló y desató los cordones con cuidado antes de quitarlos. Las hormigas iban saliendo por todos lados perturbadas en su faena. Luego, lo cogió cuidadosamente por el tacón y lo sacudió firmemente en repetidas ocasiones como si estuviera sacando una migala o un alacrán. Al rato, surgió del zapato una especie de feto que de inmediato se estrelló en el suelo en un crujir de huesos y vísceras. A la vez amedrentados e intrigados, observamos, en silencio, aquello que resultó ser un muñón pútrido en el que se veía nítidamente el empeine y los dedos del pie. El resto del pie ya no tenía más contorno, no era más que una masa negruzca coagulada. Con un nudo en la garganta, cada quien empezó a buscar huellas por el monte con ayuda de un palo. Nadie se atrevía a decirlo en voz alta pero todos pensábamos la misma cosa: era sin lugar a dudas el pie de Riquez o de M'Goma y su cadáver no debía de estar tan lejos. En vano. No hallamos ninguna huella, ni un solo índice que hubiese podido apuntalar nuestra convicción. Nos quedaba más que el presentimiento, la intuición de que no era más que una señal, una señal macabra del destino.

En los últimos días, que fueron días de pocas palabras por el agotamiento aparecieron nuevas señales. Nos sentíamos abandonados, traicionados, prisioneros de fuerzas tentaculares que se burlaban de nosotros, que nos desafiaban sin cesar, desgastándonos, engañando nuestros sentidos para aniquilar aún más cualquier voluntad de supervivencia y empujándonos paulatinamente a la desesperación, a la locura. Caminamos maquinalmente en fila india hasta no poder más, los hombros y la nuca quemados por el sol, las piernas y los brazos cubiertos de arañazos, equimosis, los pies destrozados por las ampollas y las micosis. Había contractado Teófilo la lepra selvática y se extendían peligrosamente por sus antebrazos profundas lesiones, devorando los pigmentos cutáneos para no dejar más que manchas blancas que amenazaban con hacer de él un brujo africano. Si no se lograba alcanzar Amara Wali en ocho días, Teófilo moriría y lo sabía. La alternativa hubiese sido la amputación pero de todos modos, él se hubiera negado, motivo por el cual ninguno de nosotros se aventuró a pronunciar ni siquiera el nombre de ella. El calor sofocante penetraba por los poros de la piel y empapaba la mirada hasta el punto de que uno veía inclinarse los postes eléctricos que se hundían lentamente en dunas de arenas movedizas. En ciertos lugares, se esfumaba la pista ondulada cubierta de rocas prehistóricas en las que salían grabadas interminables arabescos cuyos movimientos ondulados nos izaban hasta la cima de la selva, en la pureza cristalina, flotando a merced de los alisios tal como aves migratorias que una tras otra, en una vertiginosa caída, terminaban su vuelo quebrantadas las alas por postes eléctricos parecidas a ángeles caídos colgados de una horca. Cazas, éramos cazas, presas insípidas y descarnadas que habían soltado y que se pudrían antes del último sacrificio. No existía ninguna redención, para ninguno de nosotros. Nos espiaban, nos sentían y vayamos a donde vayamos, habían trazado nuestro camino. Poco importaban los medios, solo contaba el objetivo, el objetivo final, la última prueba que nos llevaría a aceptar definitivamente nuestra suerte. La luz había de brotar de las tinieblas, iluminar la humanidad. No podía subsistir ningún lugar oscuro. La luz, la luz total, irrigando la tierra y el cosmos en un flujo ininterrumpido y deslumbrante.

Al acercarse Amara Wali, la selva estaba inmersa en un silencio de ultratumba, un silencio crepuscular que la hacía aún más misteriosa y angustiosa, como si todo se hubiera petrificado en un momento, a impulsos de una fuerza cautivadora. Y luego, al entrar en el valle, de costumbre tan apacible, vimos un disco incandescente que se desprendía del horizonte bajo espesas nubes, torbellinos que parecían tomar cuerpo en lo alto de los dos postes eléctricos, parecidos a enjambres de serpientes. Por primera vez, decidimos separarnos. Blaise, Bob y Enrique decidieron irse primero hasta el transformador mientras me quedé al lado de Teófilo agonizante. Nunca lo alcanzaron, nunca más volvieron a aparecer. Teófilo murió en mis brazos, la mirada fosilizada por lo que había visto o creído ver.

Esa noche, la casa estaba vacía. No se encontraban ni Liliana ni Rubís. Las calles estaban desérticas e iluminadas. La ciudad entera estaba conmemorando el centésimo día bajo una lluvia de fuegos artificiales. La ciudad entera estaba comulgando, recordando el sacrificio de sus héroes y la promesa de una pronta y total erradicación de las tinieblas. ¿El Apagón no era más que un Apagón? Apagué el televisor y comprendí enseguida que estaba muerto y condecorado. Ese mundo necesitaba héroes y sabía cómo sacrificarlos. Había entendido yo que dicha misión no era una misión ordinaria y que estábamos al inicio de una larga guerra de civilización que no soportaba ni lo desconocido ni la contradicción. Acababan de condenarme a vivir en la oscuridad, a salvar el vado de los recuerdos y a hollar la tierra movediza de la selva para allí, morir.    



El chichón del buda


I

La vida de barrio depara a veces muchas sorpresas -pensó Juan entre sí- al abrir con extrema cautela, al día siguiente, los postigos de la sala. Está hecha de tantas cosas infinitas y diminutas que cuesta ordenarlas en la mente sin perder la cabeza.

La víspera, de vuelta a casa, a eso de la seis, al meter la llave en la cerradura, se dio cuenta de que la puerta de entrada del edificio no se abría. Repitió el mismo gesto circular un montón de veces y, nada. Miró hacia atrás y no encontró a nadie en las inmediaciones que pudiera ayudarlo. Llamó a su esposa a gritos pero la ventana del piso tampoco se abrió. Por último, decidió forzar la puerta de madera dando un empujón madre con el hombro izquierdo como ya lo había hecho años antes cuando al regresar del cine con su mujer, se le había perdido la llave. Pero esta vez, no cedió la puerta y pensó que, con los años, había perdido un poco de vigor y de vitalidad. Encendió un cigarrillo, lo fumó con desesperación y decidió que, esta vez, la puerta tenía que ceder. Evaluó la distancia, reculó lo suficiente, respiró hondamente y se precipitó como una furia contra la puerta. De inmediato, sintió un choque rudo, agudo e intenso como si hubiera recibido un hachazo y se le hubiera roto algo en la cabeza. ¡Joder! - exclamó a media voz - ¡qué mierda es ésta! - y de inmediato, empezó a tambalear, la mirada cada vez más vidriosa y vio deshacerse el suelo bajo sus pies. Se sentó penosamente en la escalinata e intentó recobrar paulatinamente el aliento. Le faltaba el aire. Tenía ganas de vomitar. Se desapretó el nudo de la corbata y esperó así un largo rato antes de intentar incorporarse. Noqueado, tuvo que volver a sentarse, la mirada borrosa. Amenazaba con caer un aguacero y nadie se aparecía a la vista. De repente, cayeron unas gotas rojas a sus pies. Se pasó la mano por el pelo y queriéndose frotar los ojos empañados, se alarmó al ver correr a chorro la sangre entre sus dedos. Y perdió Juan el conocimiento.


II

Después de terminar la novela, su esposa Clara apagó el televisor y se dirigió maquinalmente a la cocina. Abrió la nevera medio vacía, se fijó en la verdura de la cesta que, a todas luces, no parecía del día y, en un dos por tres, empezó a freír frijoles en el sartén. Agarró su teléfono, seleccionó una de las emisoras que solía escuchar y se puso a amasar la harina de maíz. A esa hora vespertina, daban el programa matutino "Música ranchera en casa". Todo el piso exhalaba un olor de cebolla frita y tortillas frescas y humeantes que amenizaba con unas alegres melodías de trompetas, bombos y guitarras. La letra de la canción "En ausencia tuya" le hizo pensar de súbito en la hora. Había anochecido y todavía su marido no había vuelto a casa. Un tanto preocupada pero no en demasía, empezó Clara a preparar agua de limón con cubitos de hielo y sacó una cerveza helada pensando que pronto llegaría Juan. Esa noche hacía un calor sofocante y apenas se movían las cortinas de la cocina. Se oían gritos de niños jugando en la calle y las voces apacibles de la gente que regresaba a casa. Ya listos los frijoles y el arroz, empezó a mezclarlos y sofreírlos. Puso la mesa esbozando unos pasitos de danza y dispuso en medio el parmesano y el puré de chile. Pero las sillas quedaron desesperadamente vacías. Las siete, las ocho, las nueve, las diez, las once. Ya faltaban diez minutos para las doce. Demasiado, demasiado - repetía ella sin cesar al ver pasar las horas sin respuesta. Nunca le había fallado su marido en más de treinta años. Y la preocupación inicial se convirtió en pánico extremo. Estaba desesperada e iba aumentando su angustia al constatar que llamadas tras llamadas, minutos tras minutos, horas tras horas, nadie sabía nada de Juan. Pese a la insistencia de los amigos y de la familia, no aceptó la visita de nadie. Prefirió aguardar sola, segura que pronto volvería a casa. ¿Qué le habrá pasado? Volvía y volvía a hacerse la misma pregunta pero no tenía ni la menor idea ni el mínimo indicio. No paraban de asaltarle las dudas y no encontraba ni siquiera el inicio de una respuesta por mucho que lo pensara. Se sentía cada vez sofocada, insegura y con miedo. Los comentarios insidiosos de unos colegas y vecinos no lograron herirla, ya solía manejar ese tipo de cosas y sabía muy bien cerrarle el pico a las lenguas de serpiente. Daba vueltas por el piso, tomando agua de limón para aplacar su sed ansiosa. Lo que más le preocupaba, desde algunos meses, era lo que interpretaba ella como un bajón, un decaimiento en el comportamiento de su marido. El se alteraba más a menudo y se miraba como apagado y desganado. Lo había comentado con sus hijos, en vano. De repente, en el mismo momento y en forma insistente sonaron el timbre del teléfono y él de la puerta. Eres las tres de la madrugada. Tal fue el pánico que se le escapó el vaso de la mano. Se estrelló en mil pedazos provocando un estrépito estridente y paralizante.


III

Amaneció Juan con un dolor de cabeza insoportable y para disimular un tanto las vendas que le pusieron en el hospital, se puso una gorra. Bajó la escalera de madera a duras penas valiéndose de la baranda y permaneció muy perplejo al constatar que el umbral de la entrada principal estaba tan limpio como de costumbre al igual que las maceteras que ornaban ambos lados de la puerta. A pesar de la vetustez del edificio que había resistido a numerosas reformas, éste preservaba su inicial toque natural de sillar y roble. Se dirigió Juan, cavilando, a la tabaquería.

-¡Hola! hombre.

-¡Hola! Juan. ¿Qué tal estás? -le preguntó Enrique, el tabaquero.

- Bien, como ves.

Le dio maquinalmente el tabaco de liar sin atreverse a hacerle a Juan la menor pregunta. Tan solo dijo: - ¿Te pongo un café?

-Muy fuerte lo necesito por el desvelo y el dolor de cabeza que tengo-.

Empezó Juan a liarse un pitillo y soltó:

-¡qué lío él de anoche! Todavía no logro entender lo que me pasó - y comenzó a contarle a Enrique lo sucedido pero no le dio el tiempo de ir más lejos. Llegaba el bus de las 6h.10. Se tomó el café rapidito y salió de prisa subiéndose al bus que arrancó en seguida.

Todavía estaba dormida la ciudad y Juan se dejó llevar por las luces que alumbraban las riberas del río. Serpenteaban y se perdían a lo lejos confundiéndose con la salida del sol. Miró Juan el reloj y suspiró de cansancio, mecido por el traqueo del bus. La actitud de Enrique no dejaba de preocuparle. Tenía la impresión de que sabía algo de lo de anoche. No se había conmovido tanto y se miraba más tenso que de costumbre. ¡Qué estúpido soy! -pensó Juan en seguida- a lo mejor él también estaba cansado y sencillamente no estaba para pláticas. Intentó recordar detenidamente los sucesos de la noche anterior pero todavía no estaba en condición de hacerlo. Lo único que le venía a la mente era la sangre en la mano y los desgarradores gritos de alguien que acababan de trasladar en camilla a emergencia.

El día de trabajo pasó sin mayores problemas. Solo tuvo que aguantar el lancinante dolor y las atónitas miradas algo burlonas de sus colegas que no se explicaban porqué no se había quitado Juan la gorra de todo el día. Había decidido de antemano no contar absolutamente nada a nadie y guardar silencio cueste lo que cueste. El médico de turno del hospital lo había dado de baja por tres días pero debido a que el sueldo mensual se acababa al término del decimoctavo día de cada mes, solo guardó la receta y tiró la baja a la basura.

Su esposa se había repuesto del susto y pasó el día entero respondiendo a las llamadas telefónicas, entre risas y lágrimas. Todavía le quedaban a Clara unas leves secuelas del espanto al recordar la voz de un agente hospitalario que no lograba explicarle las cosas con claridad: lo que le había ocurrido a su marido, si estaba grave o no, el lugar preciso en que se encontraba, si lo operarían o no, ni siquiera sabía cuando regresaría a casa. Y apenas colgado el teléfono, la cara vendada de Juan en el umbral de la puerta.


IV

Nunca había tenido Juan tantas ganas de volver a casa, claro por el dolor de cabeza, la fatiga, el insomnio y también por la necesidad de encontrar una respuesta definitiva y certera a sus preguntas. La noche fue algo tensa y breve. Clara, todavía con los nervios, no se podía imaginar que su marido iría al trabajo al día siguiente y se lo comentó, de manera monda y lironda y con mucha rabia. "No eres más que un irresponsable atávico", le dijo blandiendo la baja del hospital que había recuperado por casualidad en el cubo de la basura de la cocina. En seguida, se armó el pleito y Juan, exhausto y al borde del colapso, pegó un grito de los mil demonios que hizo temblar la araña, la vajilla de la sala perforándole el cráneo de par en par. Enseguida se fue Clara al dormitorio, excedida pero sin decir ni pío y dio un portazo monumental. Tuvo Juan que quitarse la venda solo y pudo constatar por primera vez los estragos de la noche anterior. El cuero cabelludo lo tenía cruzado por una larga cicatriz de al menos un palmo. Joder -maldijo apretando los dientes- Si encuentro a ese cabrón que me dejó en semejante estado, lo mato en seguida.

Volvió la calma a los pocos días, el tiempo necesario para remover y remover los recuerdos, desembrollar los embrollos y desliar los líos de cualquier índole pero muy pronto, cayó en la cuenta Juan de que mientras más reflexionaba o intentaba hacerlo, más se enredaba. Nada fácil -pensó Juan- al comer un bistec encebollado arropado con vino tinto. Había salido Clara a ver al hijo mayor que estudiaba lejos de la casa y pasó Juan toda la tarde del sábado inmerso en sus pensamientos, fumando cigarrillos tras cigarrillos. Repasó la lista la más completa posible de los inquilinos del edificio pero no encontró ningún motivo serio para que le dejaran semejante marca en la cabeza. Pero algo que se le había escapado seguía preocupándole pero no sabía qué. Ni sabía cómo lo habían traslado al hospital ni quienes lo habían hecho. Además no se atrevió a hacerles preguntas a los vecinos por temor a que pensaran mal de él. Y por otra parte ¿qué le contaría a la pareja del segundo piso, a la abuelita del tercero con el perro, al solterón de enfrente siempre vestido de negro, a los jóvenes de la planta baja que se habían instalado hace seis meses y que se miraban bien educados y sin problema? Que alguien había intentado agredirlo tirando algo desde arriba o dándole un golpe por detrás. ¿Enemistades, envidia, recelo, codicia? Nada serio. Ni en la familia, ni en el vecindario, ni en el trabajo. ¿Una venganza? Tampoco tenía enemigos. ¿Un robo? No le habían robado nada, ni un solo documento ni siquiera la cartera. Los comentarios de los vecinos o familiares según le había contado su esposa tampoco despertaron en él la menor sospecha. Nada de nada, ni el menor indicio de algo, tampoco en la escalinata de la puerta principal. Lo único cierto era que no lo había soñado y la herida no podía resultar del choque con la puerta. En cuanto a la fachada del edificio, la iba examinando cada día al regresar del trabajo y aunque desgastada por las intemperies y la contaminación, no presentaba ninguna anomalía. Tampoco había encontrado algo sospechoso en el patio delantero. Pero algo que le había escapado seguía preocupándole y no sabía qué. Bueno -pensó- Y al fin, ¿qué? con el tiempo, irá desapareciendo la cicatriz al igual que el chichón y solo me quedará una marca invisible. Voy a llevar una gorra el tiempo necesario hasta que me vuelva a crecer el pelo. ¿Y Qué? Además, no me luce tan mal la gorra. Puede ser que siga poniéndomela. Algo cansado, se sentó cómodo en la abuelita, suspirando hondamente y empezó a mecerse. Encendió un cigarrillo. Estaba poniéndose el sol cuando de repente vio el destello meridional de un rayo reflejarse en el marco del gran espejo dorado y brillante de la sala y, de inmediato, entendió que lo extraño venía de la fachada. De inmediato salió del piso con precipitación, bajó las escaleras a todo correr y empujó la puerta del edificio que alguien había dejado sin cerrar. Dio algunos pasos, se volvió hacia atrás y examinó minuciosamente la fachada. Y, pensativo, acariciándose la herida todavía punzante y dolorosa, se dio cuenta de que en el borde de una de las ventanas del tercer piso ya no estaba el dorado buda de acero. Volvió a ponerse la gorra con cautela sin perder de vista la maldita ventana y, luego, como para conjurar la mala suerte, se sentó en la escalinata. Encendió un cigarrillo y de pronto le vino a la mente la sentencia inscrita en el pedestal del inmenso buda del restaurante chino donde solía ir con su esposa: "Ninguna caída duele por muy celestial que fuese". Sin lugar a dudas, pensó Juan entre sí y riéndose de su propia desventura como se ríe uno del paso de los años, acabo de alcanzar la sabiduría y el conocimiento perfecto.

El metro

Esperaba León Fabián el regreso de su esposa. Nunca se había ido ella tanto tiempo y el aguardar solo durante un par de meses, empezaba a fastidiarle. Menos mal que ese año, había conseguido Lizanca un pasaje en junio para las largas vacaciones porque conciliar trabajo profesional y doméstico le fue menos difícil a León Fabián a diferencia del año pasado en que su esposa, por motivos de vuelos más baratos en esa temporada, tuvo que viajar en Navidad.

Tenía previsto León Fabián ir al aeropuerto a las cinco y media de la tarde y toda la casa estaba en orden. Había arreglado in extremis el cuido de Sultán, dándoles a los vecinos la custodia de ese perro imbécil y rabioso que por lástima había recogido un buen día Lizanca y que había perjudicado buena parte de las vacaciones de su dueño. Le había costado arreglar con esmero el jardín debido a ese condenado animal que no había parado de hacer hoyos en las recientes plantaciones de flores y arbustos. Finalmente, se había dado cuenta León Fabián de que no le molestaban tanto las actividades del jardín sobre todo cuando hacía sol. Y ese verano hizo mucho sol. Pero lo que menos le gustaba a León Fabián era el planchado y, sobre todo, planchar las camisas y, en particular, los cuellos y las mangas. Miró el reloj de mano, tomó un vaso de agua y se puso la chaqueta. Ya estaba listo.

Se despertó Lizanca a las siete de la noche del siguiente día. Las maletas y los paquetes se habían quedado en la sala. León Fabián contemplaba desde hacía más de una hora las tres botellas de ron en su delicado envoltorio pero le dio pena abrir una de ellas en ausencia de su esposa. Pasó buena parte del día leyendo en la hamaca pero los gritos de los vecinos, el ruido de las motos y las ocurrencias de ese maldito perro no lo dejaron descansar lo suficiente. Se sentía un tanto cansado y a la vez contento de volver a ver a su esposa.

El anochecer fue de lo más divino. Las enredaderas del cenador habían crecido lo suficiente para dar mayor frescura a las cenas veraniegas y a Lizanca le gustaron muchísimo las cuantas transformaciones hechas en casa y en el patio. De cierta forma, tuvo la impresión ella de que estaba prolongándose las largas vacaciones. Había recuperado León Fabián una vieja mesa de camping en la dependencia, encima de la cual había puesto un lindo mantel de tela roja bordada y unas verónicas de ojos negros en un florero de barro para darle la bienvenida a su esposa. La cena fue de la más linda y a eso de las dos de la madrugada, le enseñó ella a su marido el grabado hecho a mano que le había regalado la tía Alejandra. Lo desenrolló con tanta exaltación que su marido tuvo que quitar de la mesa platos, copas y botellas para que tuviera ella suficiente espacio para mostrárselo. ¿Qué te parece? -le preguntó Lizanca. De inmediato, León Fabián se puso pálido y estuvo a punto de atragantarse. Apenas lo notó ella que estaba comentando con tantas ganas y pasión el grabado de tía Alejandra. Describía entusiasmada la fineza de los trazados, los sutiles contrastes, los tintes utilizados, los juegos de colores y de sombras y la magnífica estampa del hombre-jaguar. No sabía León Fabián si era por los efectos del reencuentro, del ron, del cansancio o una mezcla de todo, pero estaba seguro de haber visto dicho grabado en alguna parte.

Durante los últimos días antes de que volviera a trabajar, León Fabián se enfrascó en los libros de pintura e literatura ilustrada revisando incluso un sinfín de caratulas pero no lograba dar en el blanco. Intentó determinar la época del grabado pero, realmente, le costaba, debido a la ausencia de parámetros obvios y, además, no tenía suficiente pericia. Era a la vez un grabado sencillo y permanente que sin lugar a dudas cautivaba la mirada. Pero ¿dónde lo había visto? Eso sí que le preocupaba. Mientras tanto, con el permiso de su esposa, lo había clavado cuidadosamente con chinches en la pared del aposento por no querer ella que se pusiera así en el salón. De esa forma, lo contemplaba a su gusto.

Había vuelto paulatinamente Lizanca a su oficio y cada día, de sol a sol, se oía el ronroneo del motor así como las aceleraciones del pedal de la máquina de coser. Ya habían terminado las vacaciones y había vuelto León Fabián a ocupar su asiento de funcionario de rango intermedio en la recién descentralizada administración. Las nuevas no eran buenas. Se murmuraba en los pasillos que se estaba preparando otra vez el alargamiento de la edad para la jubilación. Pero otras cosas tenía en mente León Fabián: la celebración del cumpleaños de su esposa. Y se le ocurrió regalarle un lindo marco para poner de realce el grabado e instalarlo definitivamente en el salón. Le pidió el metro a su esposa y en seguida tomó las medidas. Al día siguiente, confió el grabado a una tienda especializada en enmarcados y restauración de cuadros cuyo dueño conocía León Fabián. Le dijo a la dependienta que cuidara mucho de él dado que tenía un gran valor sentimental y que respetara ella, a rajatablas, las medidas tomadas puesto que los bordes, bastante anchos, formaban parte del grabado mismo y por siguiente, tenían que ser visibles. La dependienta lo miró sorpresivamente y con cierto desdén como diciendo y qué piensa ése, que somos neófitos, vulgares carpinteros de ésos que andan por las calles regalando su trabajo. Y le enseñó con el índice un escudo con la fecha de fundación de la Casa como una marca absoluta de renombre y prestigio. Bien, dijo sin rechistar León Fabián, volveré a recoger el encargo dentro de diez días. Esa mujer es insufrible, pensó entre sí León Fabián. Yo no sé lo que le ve Emilio.

Regresó León Fabián a casa muy contento. Se puso a preparar la comida mientras su esposa estaba hablando por teléfono. Ató firmemente el cordón del delantal y empezó a elaborar un pudin de pollo. En eso estaba cuando llegó su esposa con Sultán. Todavía no se había repuesto completamente del viaje. Alternaba costura y siesta sin haber encontrado el buen ritmo pero de buen humor estaba como siempre. León Fabián le ofreció una copa de tinto con tapitas y empezaron a charlar de su estadía, de la familia allá, de los amigos... El no quiso abordar por el momento el tema que más le preocupaba: la pésima situación económica del hogar. Había tenido que agarrar durante las vacaciones un segundo trabajo de unas cuantas horas por semana, dejar el coche, reducir en forma drástica el consumo de agua y luz, cambiar el abono a internet, suprimir la impresora y contentarse con comprar tan solo la mitad de los medicamentos que le recetaba cada mes el médico por la diabetes. Con dichas medidas, había logrado atenuar un tanto la sangría económica que seguía laminando los recursos familiares y por supuesto, de vacaciones ni hablar: en casa cuatro días y tres trabajando clasificando documentos en una empresa del barrio. Y menos mal que tan solo quedaba estudiando una hija. No paraban de aumentar las matrículas año tras año y no cesaban de bajar las prestaciones sociales hasta desaparecer casi por completo. Por suerte, había conseguido la benjamina un trabajito en un supermercado para sufragar parte del alojamiento y de sus estudios. Y menos mal que costeaba su esposa su propio pasaje y estadía donde sus padres. Pero cada año, la ayuda que les daba ella también iba mermando radicalmente.

Lizanca levantó la tapa de la olla que estaba en el fuego.

- ¡Qué rico huele! - dijo.

-¡Qué estoy preparando un pudin de pollo! - le gritó desde la despensa León Fabián-.

- ¿Pudin o pudding? - le replicó ella en tono de broma.

-Me da igual -dijo León Fabián, con la lata de salsa de tomate en la mano- lo principal es que quede sabroso, con una g o sin g.

-¿Con d doble o no? -agregó ella, burlona, a sabiendas de que León Fabián siempre andaba peleado con la ortografía.

- ¿De qué me estás hablando? -replicó con ingenuidad León Fabián que estaba empezando a amasar.

-De nada, tonto. ¡Anda a buscar el diccionario!

- No ves que tengo las manos pegajosas. ¡Anda vos! Señora sabelotodo.

Y de broma en broma, se fue ella a buscar el diccionario, por si acaso. Lo puso en la encimera y lo abrió a la página deseada.

- Sabía usted - don León - que la palabra "pudin" puede escribirse de tres formas distintas: "pudin, pudín con acento en la i o pudding.

- ¿Escribirse o pronunciarse? -Le contestó León Fabián, divertido, y se acercó a ella, echando un ojo a la doble página del diccionario. Pucha, pucherazo, puck, pudding, pudin, pudin con acento en la i. Ni sabía yo que se podía escribir de tantas maneras. ¡Qué bárbaro! Y siguiéndole la onda a su esposa, se puso a ver la página de derecha: pudiente, pudor, pudrir, podrir, puebla. Puebla, Puebla, Puebla -dijo entre sí, meditabundo, y de repente, cayó en la cuenta-. Allí, allí fue donde vi el cuadro. En Puebla... en el museo de Puebla. Y se rememoró perfectamente las distintas salas del museo, los corredores e incluso el informe azul de los funcionarios así como el lugar exacto donde se encontraba el grabado. Era el mismo, el mismísimo cuadro. De inmediato se salió de la cocina en carrera y se precipitó en dirección al aposento donde se quedó, pasmado y silencioso, examinando el grabado durante un largo rato. Agarró la computadora y, en un dos por tres, apareció el cuadro en la pantalla de la página web del museo de Puebla. Ya, dijo, excitado en extremo. No cabe la menor duda. Ya, ya, ya. Y se fue corriendo a la cocina abrazando a su esposa alocadamente.

-¿Qué le pasa? ¿Qué le pasa?--don León. ¿Se ha vuelto loco?

Y la llevó de la mano al salón donde estaba encendida la computadora.

-¡Mira! ¡Mira!

-¡Ah! ¡Dios mío! No me lo puedo creer. ¡Es el grabado! -dijo con ojos de plato Lizanca.

-El mismísimo grabado. ¡Un verdadero tesoro! -Exclamó maravillado León Fabián.

-¡Joder! -dijo ella, atónita y casi afónica. No me lo puedo creer.

-Pero... Lizanca -balbuceó León Fabián en tono dubitativo y perplejo- ¿Cuál de los dos será el auténtico?

-El nuestro, por supuesto que no. No será más que una copia-contestó ella.

Estaba algo desilusionado León Fabián pensando tener en casa una joya que bien hubiera podido sacarlos de apuros. Y maquinalmente, movió Lizanca el ratón y vio algo raro en la página web del museo de Puebla. Otra imagen que representaba la sucesión de grabados de la misma colección, pero a la que le faltaba uno. Y en su lugar, tan solo se miraba en la pared la marca amarillenta y polvorienta de un grabado faltante. Por lógica, no había ninguna equivocación posible. El grabado ausente era él que le había obsequiado la tía Alejandra. Y lo confirmó el rótulo del museo que rezaba, a pie de página, que el grabado número cuatro de la preciosísima colección de arte precolombino había desaparecido en una muestra internacional. Y no cabía la menor duda de que ese valiosísimo grabado era el que estaba en el aposento de Lizanca y León...

-¡Ah! ¡Dios mío! -exclamó preocupadísima Lizanca. Será que tía Alejandra...

-No digas tonterías, cielo. ¿Cómo podría hacer algo semejante doña Alejandra?

El resto de la semana pasó en un ambiente de mucha felicidad esperando el regreso del grabado enmarcado. El otoño se instalaba con una dulzura encantadora y cada quien elaboraba sus planes imaginándose una vida sin limitaciones, una vida normal, sin tener la necesidad de fijarse a diario en el precio de las cosas, no una vida de lujo sino lo suficiente para vivir bien. Incluso León Fabián encontró al perro simpático y decidió hacer las paces con él. Se había dispuesto Lizanca a crear una colección de ropa inspirándose en los motivos de la serie completa de los grabados del museo de Puebla. Excelente idea que aprobó su marido e incluso le propuso alquilar o porqué no comprar, al suave, una tiendita de costura. Su esposa estaba fascinada. En lo que a él se refería, ya había pensado dejar el segundo trabajo en las vacaciones y porqué no, tener algunos ahorritos en una damajuana. Pero ni uno de los dos tenía una idea clara de cuanto les darían por el desaparecido grabado seis veces centenario. Lo suficiente, más de lo suficiente se imaginaban ellos y se habían decidido a darle una parte de la venta a la tía Alejandra.

Llegó el día fatídico y León Fabián se fue, silbando y de muy buen humor, a la tienda de enmarcados y restauración de cuadros.

-Ahí están, señor Fabián, tal como le había prometido-dijo la dependienta que desde esa mañana andaba con una boa de pluma, largos guantes negros y un sombrerito de fieltro en forma de media campana como si quisiera disimular algo.

-¿Están? - contestó extrañado León Fabián. -Ahí está- corrigió él, algo irritado y turulato a la par que observaba el estrafalario porte de la dependienta.

- ¿Qué quiere decir, señor Fabián? No le entiendo. Le repito que ahí están sus cuadros.

- Pero solo le entregué uno - replicó, sorprendido y molesto.

- Claro que sí -contestó ella- tiene toda la razón. Pero no lo tome a mal, señor Fabián. Con las medidas que me dio usted, fue imposible enmarcar el grabado. Intenté llamarlo por teléfono repetidas veces y nadie contestó. Dejé al menos cinco recados. E incluso mandé a Rodrigo, el mozo de la tienda, a que le avisara del percance pero parece que no había nadie en casa suya. Así que tomé la decisión con el beneplácito de mi patrón, don Emilio, de hacer dos de uno. ¡Mire qué bonitos se ven! - le dijo muy satisfecha del trabajo de la Casa.

Estaba alucinado León Fabián. Sentía que se le iba cayendo encima todo el peso de la tierra. Tuvo que sentarse, pálido y tembloroso. La dependienta le trajo de inmediato un vaso de agua azucarada. Al rato, volvió a recobrar lucidez y le preguntó, fuera de sí:

- Pero ¡Qué desastre es esto! ¡Usted ha cometido un auténtico crimen!

La dependienta tuvo una risa sardónica y le dijo con un átomo de altivez:

- ¡Qué usted no sepa de medidas es una cosa! Pero que su esposa que es costurera no lo sepa tampoco, me extraña mucho. Aquí tiene las medidas, señor, de su puño y letra. Aquí está el metro ¡Fíjese! ¡Fíjese bien! Señor Fabián.

Y la verdad era que las medidas que había tomado y entregado León Fabián no correspondían en absoluto con las del grabado.

-¿Cómo quiere usted que le haga un enmarco con semejantes medidas?-le preguntó ella, acariciando la boa de pluma- Lo que lleva puesto usted no es pantalón corto, ¿verdad? Y fue esa medida que me dio para hacer un pantalón. Ante la imposibilidad de hacerle uno y respetando a rajatablas sus medidas, le confeccioné dos pantalones cortos y reitero que los veo muy bonitos y mi patrón, el señor Angulo, también.

Lo hecho estaba hecho. ¿Para qué pelear más? Por cierto se había equivocado pero ¡qué le había pasado por la cabeza a don Emilio para que cometiera semejante locura! A lo mejor era culpa de esa mujer tan grotesca y soberbia. Regresó a casa León Fabián, cabizbajo, los dos cuadros debajo del brazo.

-¡Hola amor! ¿Qué tal estás? Te noto muy aturdido e inquieto.

Y de inmediato, entendió León Fabián el porqué de las cosas al ver a su esposa con el metro de costurera alrededor del cuello, impreso de ambos lados. Por un lado, salían las pulgadas y por el otro, los centímetros. Y había dado pulgadas por centímetros. ¡Qué estúpido soy! - se recriminó León Fabián a sí mismo.

En ese preciso momento, quedaron definitivamente sepultados los sueños de fortuna de Lizanca y León Fabián.

Salió Emilio Angulo del taller, entró en la tienda y le dijo, aliviado, a Liébana:

-Mucho ingenio has tenido. Te felicito. Sin ti, no sé lo qué habría pasado. Además, sabes muy bien que, con los Fabián... somos... amigos, pues.

-Usted me salvó la vida, don Emilio y cómo quiera que se me olvide -le contestó la dependienta.

-No es para tanto, Liébana.

-Insisto, sin usted, quien sabe lo que me habría pasado.

Faltaba poco tiempo antes del cierre de la tienda. Ya no vendría ningún cliente.

-Si quieres, vuelves a casa -le dijo el señor Angulo en tono amable y muy dulce.

-Gracias, don Emilio, tan solo me quedo unos instantes más para poner orden en la tienda y me voy.

-Está bien - contestó don Emilio y se dirigió a paso lento al taller, todavía vestido con su larga blusa gris cubierta de serrín-. Y sobre todo, Liébana, no te olvides de cerrar la puerta con llave.

Se sentó Liébana, cansada, en una silla de madera, entre la vitrina polvorienta y el mostrador. Le dolían los pies. Y al ver en el suelo un sinfín de diminutas partículas de madera, le vino a la memoria la terrorífica tarde de ayer en que el hombre-jaguar la quiso llevar al altar. Era como las seis, ya no había nadie en la tienda y anunciaban los nubarrones y el fuerte viento la caída de un violento aguacero. El señor Angulo había dejado el grabado así como el marco acabado encima del mostrador  para que Liébana los limpiara antes de la llegada de León Fabian. Había terminado ella de atender a varios clientes y cuando empezó a asir el marco, se dio cuenta ella de que algo raro estaba pasando. Se puso nerviosa y tensa. Pero no se veía a nadie por la cristalera ni tampoco por las dos ventanas de la tienda ya oscura. Además, estaba cerrada la puerta del taller. Y de repente, se nubló la tienda en un santiamén y se vio envuelta Liébana en violentos y portentosos torbellinos de aserrín que volaban por doquier e iban llenando a granel el local. Ya no podía moverse. Estaba paralizada. Empezó a pegar gritos, gritos y gritos pero, de golpe, apareció el hombre-jaguar que con un zarpazo la llevó cargada en sus peludos y fornidos hombros hasta el altar. En ese momento, aulló ella a todo pulmón como si le saliera sangre y se oyó un rugido desgarrador y prolongado, anunciador de la muerte. Acababa de clavar don Angulo, con inhumana rabia, varios cincelazos en el mero corazón del hombre-jaguar.     


Alberto López Sanjurjo
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